Desde los altos peñascos se debe ver con claridad lo que acontece en la apuñada y concurrida ciudad, los miles de puntos amarillos que se ven a lo lejos minúsculos parecen decorar el "arbolito navideño" urbano que somos. Desde aquí abajo, en el centro yo sólo veo un poste de la luz a la vuelta de la esquina, que se asemeja a una luciérnaga herida y tal vez cansada, por las noches trato de ponerme en contacto con el más enorme y hermoso faro... lastimosamente no siempre lo encuentro, pero dichosa me siento las veces que menos lo espero cuándo salta a mi vista esa bandida escurridiza, poseedora de poderes hipnóticos para conmigo, y la que entreteje la visibilidad de las nubes al son del viento. Al perder contacto con ella de inmediato entro en la gran habitación luminosa que me abriga, y a pesar de que las noches son frías, me gustaría que el techo desapareciera y me remontara a una lluvia de estrellas; esa obra de arte divina, dónde lo simple, y cotidiano, brota con más fuerza y recobra su verdadero significado. Como en un cuadro entallado en madera , miré los trazos y toqué el relieve, cada línea continua que permite la forma es necesaria y funcional.
Siempre estamos siendo
desde siempre hemos sido
desde partícula a individuo
nuestra esencia creo fue antes de eso
pero en esta rutina humana
muchas veces los detalles
son delegados a segundos o quintos planos
y esta bien mucho trabajo, porque hay que comer
y esta bien, todo rápido hay que hacer
pero que hay de lo esencial, de lo intrínseco,
lo que nos permite movernos,
lo natural lo que estuvo, y que ha estado
¿ Que hay de eso?
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